lunes, 29 de octubre de 2012

CULTURA DE EVALUACIÓN



“Para evaluar hay que comprender”
-Stenhouse

Introducción

Gartner acuñó el término “inteligencia de negocios” en los años 90´s, refiriéndose al proceso de tomar datos puros que las compañías recopilan de sus diversas operaciones para luego transformarlos en información útil. Haciendo una analogía, la evaluación educativa es un “sistema de inteligencia”, un medio imprescindible para la mejora de cualquier institución educativa.
La evaluación no es un fin y si un medio que cobra sentido en función del propósito de contribuir a mejorar la educación. Sin embargo, es notorio como aún reconociendo el valor que tiene la evaluación en los procesos institucionales, en muchas escuelas públicas- y en algunas privadas- (salvo contadas excepciones), la cultura de evaluación es prácticamente inexistente.
En ocasiones se observa en las instituciones educativas que la evaluación es, para mucha gente, algo "secundario", algo "extra" que debe hacerse y para lo que no siempre se tiene el tiempo suficiente.
Pensando en general en las instituciones educativas, ¿realmente no hay el tiempo, las condiciones y/o los recursos para realizar la evaluación institucional como una parte inherente de los procesos de gestión?
Al mismo tiempo, muchas personas son recelosas sobre el uso que se le pueda dar a los resultados de la evaluación y ponen trabas para realizarla ¿estos recelos están justificados?
En otras palabras, ¿las prácticas de evaluación que se observan en las instituciones educativas adolecen de fallas técnicas, políticas o éticas? ¿Cómo promover el desarrollo de una cultura de evaluación?

Definiendo el término cultura en una institución educativa

La cultura es muy importante para guiar el comportamiento de la gente en una organización. “A diferencia de las características biológicas innatas, la cultura es algo que se aprende” (Schiffman y Kanut, 2005 p. 410). Se encuentre encapsulada en forma subconsciente en las ideas y creencias acerca de lo que la organización quiere mantener, en la forma en que la gente se comporta y en cómo las personas hacen que las cosas sucedan. “El impacto de la cultura es tan… automático que su influencia sobre el comportamiento se considera a menudo de lo más natural” (Schiffman y Kanut, 2005 p. 408)
Robbins (1999, p. 595) la define de la siguiente manera: “La cultura organizacional es la percepción común mantenida por los miembros de la organización; es un sistema de significado compartido”.
Cummings y Werley (2009, p. 483) mencionan que la cultura es un “fenómeno compartido en toda la empresa: representa una serie estable y coherente de ideas relativas a ella y en su entorno”.
La cultura es entonces un conjunto de creencias, valores y costumbres, compartidos y aprendidos que sirven para dirigir el comportamiento que “existe para satisfacer las necesidades de las personas que forman una organización ” (Schiffman y Kanut, 2005 p. 409).
“En el marco de una organización escolar, la cultura se refiere a las creencias y convicciones básicas que mantienen los miembros de la comunidad educativa en relación con la enseñanza, el aprendizaje, la evaluación y, en general, con el funcionamiento institucional.” (Valenzuela, Ramírez y Alfaro, 2010, p.44).

La cultura en la institución educativa y la evaluación educativa

La cultura empieza por la cima organizacional y “casi siempre es impulsada por lo altos ejecutivos” (Cummings y Werley, 2009, p.481). En cualquier proceso de cambio, dentro de una institución educativa, “el director de una escuela es el elemento clave en un proceso de búsqueda de la calidad” (Schmelkes, 1992, p.74).
No es coherente pensar que la cultura organizacional sea un hecho independiente de las personas que conforman las instituciones educativas, muy al contrario, son los miembros directivos, los profesores, el personal administrativo e inclusive los alumnos quienes habrán ido moldeando lo que es y representa la cultura dentro de una institución.
Sin embargo, dentro de este contexto, son pocas las instituciones educativas que dirigen su cultura hacia un entendimiento serio de lo que significa la evaluación educativa.
La evaluación en una institución educativa, es lo que el control en una empresa. Al respecto del control Reyes Ponce (citado por Hernández, 1994, p. 338) menciona que:
“Consiste en el establecimiento de sistemas que nos permitan medir resultados actuales y pasados en relación con los esperados, con el fin de saber si se han obtenido los que se esperaban, corregir, mejorar y formular planes”.

En toda institución educativa se toman decisiones constantemente; sin embargo, muchas de ellas no están sustentadas en datos cuantificables y medibles, sino en aproximaciones a la realidad que son superficiales, poco confiables e incluso impulsivos o basados en la intuición que llevan a constantes errores. Errores que pueden llevar asociados altos costos.
Valenzuela (2009, p. 49) menciona que toda evaluación de una institución educativa surge siempre de una necesidad. “Es difícil que una empresa (léase en esta caso institución educativa) inicie un cambio…si no tiene razones para ello” (Cummings y Werley, 2009, p.480).
Esas razones o esa necesidad pueden ser, por ejemplo: conseguir los objetivos propuestos en la misión/visión del instituto sin que instancias externas lo soliciten, sino como una propuesta interna de mejora continua. Un proceso educativo que no posea vetas de innovación está destinado a fracasar, ser obsoleto y desaparecer.
Por ello, es necesario generar una cultura evaluativa, que lejos de concebir a la evaluación como una mera obligación, la entienda como “un proceso y a la vez como un producto, cuya aplicación nos permite estimar el grado en el que un proceso educativo favorece el logro de las metas para las que fue creado.” (Valenzuela, 2009, p.15).

Los recelos de la evaluación educativa

“El cambio exige mucha innovación y aprendizaje” (Cummings y Werley, 2009, p.482) y cuando se habla de cambio en el ámbito educativo, la evaluación es hoy quizá uno de los temas con mayor protagonismo.
“El tema de la evaluación, en sí mismo, sigue resultando polémico entre los actores educativos. Su sola mención genera tensiones y desconfianza… muchas personas son recelosas sobre el uso que se le pueda dar a los resultados de la evaluación.” (Valenzuela, Ramírez y Alfaro, 2010, p.57).

Cuando hablamos de evaluación de los procesos de mejora de la institución, en algunos casos se observa resistencia, apatía y desconfianza por parte de los directivos y de las unidades que van a ser evaluadas.
“La evaluación institucional es una actividad que involucra a personas... con sus miedos, sus expectativas, sus motivaciones.” (Valenzuela, 2009, p.61). Las instituciones en un momento determinado, llegan a seleccionar la información que se va a dar a conocer y a quienes se va a dar a conocer ¿por qué? Porque no se ha entendido que la evaluación no es fin y, si un medio que cobra sentido en función del propósito de contribuir a mejorar la educación. Por ejemplo, cuando una institución es evaluada por personal interno, las máximas autoridades en algunas ocasiones demuestran cierto recelo por los resultados de la evaluación y, no permiten que se divulguen todos los resultados de la evaluación o los resultados se maquillan o eliminan de ésta, todos aquellos puntos que creen les podrían no ser favorables.
Cuando esto sucede, la evaluación no cumple las expectativas para la que fue diseñada, “el proceso de la evaluación estaría incompleto si los hallazgos del evaluador no se dan conocer” (Valenzuela, 2009, p. 121). Es importante dar a conocer los resultados, tomando en cuenta “que los resultados de una evaluación pueden tener varios destinatarios, es importante planear que información se entrega a que audiencia y mediante cual medio” (Valenzuela, 2009, p. 54).
Todos estos recelos con la información no son justificados, y no dan oportunidad a la institución de poder conocer en su totalidad los resultados y mejorar aquellos procesos y aspectos que se requieren cambiar ¿cómo cambiar aquello que no se conoce?
Es notorio como aún reconociendo el valor que tiene la evaluación en los procesos institucionales, en muchas escuelas públicas- y en algunas privadas- (salvo contadas excepciones), la cultura de evaluación es prácticamente inexistente.
Se tiene la errónea percepción de que es un proceso caro, difícil y que consume muchos recursos humanos y de tiempo. Muchos directivos, prefieren no realizarlas y ponen cualquier pretexto para ello.
Existe por lo tanto, un área de oportunidad para poder mejorar sustancialmente los procesos de toma de decisiones, la gestión de la institución y, eventualmente, la calidad del servicio educativo que se ofrece, a través de la generación de una nueva cultura de la evaluación.
Pero ello implica tener valores socialmente compartidos, donde los actores involucrados (directivos, profesores y alumnos), deben dar cuenta de sus responsabilidades y afrontarlas; es decir, estar conscientes y abiertos para promover que se evalúe el producto de sus compromisos.

La responsabilidad ética y la cultura de evaluación

Llevar a cabo una evaluación conlleva una responsabilidad ética, que debe estar presente tanto en los juicios de valor que se emiten, como en el manejo confidencial de la información o en las consecuencias que se derivan de sus resultados.
Un agente evaluador, que conoce los problemas y deficiencias de una institución debe mantener el secreto profesional.
Anaya Sánchez (citado por Rodríguez, 2001, p.134) da la siguiente definición para el secreto profesional: “Es una verdad conocida por una o pocas personas, pero que debe mantenerse oculta para los demás”. El concepto de profesionalismo lleva implícito por lo tanto una forma de control, la ética. En este sentido, adquiere vital importancia para los procesos de evaluación institucional, la preparación de recursos humanos capacitados para llevar a cabo los procesos, personas que tengan las competencias necesarias para esta tarea, personas con conocimiento y formación para evaluar los componentes de las instituciones.
“Un cambio en la cultura de evaluación de las instituciones debe contemplar la implementación de cursos de evaluación en todos los niveles, involucrando no sólo a los evaluadores, sino también a los informantes” (Valenzuela, Ramírez y Alfaro, 2010, p.60).
Valenzuela, Ramírez y Alfaro (2010, p. 60) son claros cuando enfatizan que:
“La formación de evaluadores debe abarcar desde conceptos y marcos teóricos para comprender los alcances y limitaciones de cada metodología, hasta el desarrollo de cierta inteligencia interpersonal para tratar con los informantes; desde el conocimiento de normas éticas para realizar evaluaciones con apego al respeto absoluto de las personas, hasta el desarrollo de un pensamiento lateral que permita realizar evaluaciones apropiadas a cada contexto; desde estrategias para la eficaz gestión de proyectos, hasta el uso de toda una variedad de recursos informáticos para el análisis de datos cuantitativos y cualitativos.”
En suma, no puede implementarse la evaluación como parte de la nueva cultura de una institución, si ésta no se acompaña de capacitación y un fuerte compromiso ético por parte de todos los involucrados.

Como promover el desarrollo de una cultura de evaluación

El rol de la cultura de la evaluación es claro: debe alinearse para ser reforzada firmemente en la práctica o puede constituirse en un conflicto. Por ejemplo, en muchas ocasiones, la evaluación no es vista como una oportunidad de mejora, al contrario se visualiza como un proceso que viene a descubrir los errores, con el objeto de entorpecer las labores y en cierto momento a señalar las fallas con el ánimo de hacer daño al evaluado. En los espacios educativos contemporáneos se perciben y se viven distintas sensaciones de inseguridad y temor. El elemental miedo del principal actor (el director) a ser despedido por una mala evaluación provoca recelos no justificados. La tarea de evaluación no es fácil, especialmente si la institución a evaluar cuenta con políticas que no permiten indagar a fondo el desarrollo de los procesos que realiza, sobre todo cuando la evaluación es externa.
Se hace así necesario, la construcción de un camino que lleve a una nueva cultura organizacional, donde la evaluación educativa juegue un papel preponderante y donde lejos de concebir a la evaluación como una mera obligación, se le entienda más bien como “un proceso y a la vez como un producto, cuya aplicación nos permite estimar el grado en el que un proceso educativo favorece el logro de las metas para las que fue creado.” (Valenzuela, 2009, p.15).
Sin una cultura articulada y medida, cualquier cambio puede ser costoso, desarticulado e impredecible:
¿La cultura de evaluación educativa es consistente con la visión deseada?
¿La institución educativa está bien articulada con los valores y cultura?
¿La cultura organizacional actual acepta la evaluación como parte de ella?
Al respecto, Valenzuela, Ramírez y Alfaro (2010, p.45) mencionan:
“La cultura de evaluación se va conformando con la suma de experiencias pasadas, el uso de buenos y malos instrumentos de evaluación, las competencias e incompetencias de quienes realizan los procesos evaluativos, la madurez y formación que tengan los evaluadores y evaluados, y qué tan explícitos o implícitos son los criterios que se emplearán para generar juicios de valor y tomar decisiones.”

Por ello, como cada cultura es un conjunto coherente de elementos, cualquier cambio o modificación de alguno de ellos, provocará transformaciones en los otros. “Para trabajar en pro de una cultura de evaluación, se deben vencer los intereses de todo tipo que se oponen a la implementación de los sistemas de evaluación” (Valenzuela, Ramírez y Alfaro, 2010, p.58).


Implementando el cambio

“Un cambio en la cultura de evaluación de las instituciones debe iniciar buscando un entendimiento común y un significado compartido” (Valenzuela, Ramírez y Alfaro, 2010, p.60). Trabajo en equipo que posibilite a todos poner lo mejor de cada uno para cumplir los objetivos que todos conocen y con los cuales todos se comprometen.
Es necesario desarrollar líderes (agentes evaluadores) que logren la integración del personal alrededor de una nueva cultura de evaluación, que se vea como un instrumento que contribuye al logro de los objetivos expresados en la misión y visión de la institución.
Es necesario lograr la participación a todos los niveles y el compromiso de todos; esto implica una revisión muy seria y autocrítica de cuáles son los paradigmas con los cuales se ha trabajado:
a) ¿Qué es lo que se necesita cambiar?
b) ¿Cuál será el impacto que la evaluación educativa puede tener para mejorar a la institución?
a) ¿Cómo se han comunicado los resultados?
b) ¿Se entiende la importancia de comprender de donde no sólo a hay que ir, sino como se debe llegar ahí?

Los cambios culturales fuertes requieren versatilidad y decisión. La mejora continua no puede entenderse y lograrse en una organización si ésta no cuenta con una amplia participación de personal capacitado y comprometido con su trabajo y con los objetivos organizacionales. Los líderes (el director, los agentes evaluadores y/o los profesores) necesitan un fuerte compromiso con los nuevos comportamientos y sancionar los viejos a través de procesos de desempeño y diálogos continuos.
No basta con mantener el cumplimiento de los requerimientos en sus mejores puntos, ahora hay que ir más allá y de manera permanente como parte de una nueva cultura de calidad, donde la evaluación es una parte clave, fundamental e ineludible.

Conclusiones

“La evaluación institucional es una condición necesaria, no suficiente, para mejorar la calidad de nuestras instituciones educativas. “ (Valenzuela, Ramírez y Alfaro, 2010, p.61)
La mayoría de las veces las personas no tienen conciencia clara de las características de la cultura de la institución educativa donde están. Están involucradas de tal forma que apenas quien está afuera consigue percibir claramente este fenómeno.
Esta ausencia de conciencia clara de los trazos de la cultura organizacional es uno de las razones principales para el fracaso de la nueva cultura de evaluación.
“De nada sirve contar sólo con la información que arroje un estudio de evaluación, si no se promueven otras condiciones que aseguren la suficiencia en la consecución de la calidad educativa.” (Valenzuela, Ramírez y Alfaro, 2010, p.61).
La clave entonces es comunicar, capacitar y educar. De estos factores depende el éxito o fracaso en la implementación del cambio.

Referencias


Cummings T. y G. Werley (2009). Desarrollo organizacional y cambio. México, D.F.: CENGAGE
Hernández y Rodríguez S. (1994). Introducción a la administración Un enfoque teórico práctico. México, D.F.: Editorial McGraw Hill
Robbins Stephen P. (1999). Comportamiento Organizacional. México, DF: Prentice Hall
Rodríguez Valencia J. (2001). Sinopsis de auditoría administrativa. México D.F.: Editorial Trillas
Schmelkes, S., (1992). Hacia una mejor calidad de nuestras escuelas. México, DF: OEA/SEP
Schiffman L. y L. Kanut (2005) Comportamiento del Consumidor. México, DF: Prentice Hall
Valenzuela, J. R., Ramírez, M. S. y Alfaro, J. A. (2010). Cultura de evaluación en instituciones educativas. Comprensión de indicadores, competencias y valores subyacentes. Perfiles educativos. Vol. XXXIII No. 131 pp. 42-63
Valenzuela, J.R. (2009). Evaluación de instituciones educativas. Distrito Federal, México: Trillas.

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